Más tarde o más pronto, tenía que contarlo.
Son muchos los que levantan una ceja incrédula y socarrona cuando se enteran de que, con la edad que uno tiene ya, siga dedicando una buena parte del tiempo libre a jugar. Mayor es la sorpresa cuando comprueban que, además, uno lleva casi toda la vida ganándose las habichuelas con labores relacionadas, en mayor o menor grado, con los juegos. Y no debería ser tanta la sorpresa, pues resulta que, esos mismos sorprendidos, pasan también más tiempo del que ellos sospechan, sin saberlo, jugando. Pero no adelantemos acontecimientos.
Como a todos nos sucede, llega un momento en el que nuestro entorno social empieza a insinuar, para acabar exigiéndolo, que dejemos de jugar. Mi abuela empleaba una expresión especialmente atinada para tal imperativo y que, poco más o menos, decía así: “Míralo, ahí jugando… ¡Un tío ya con los huevos negros!”, que no era más que otra forma de anunciar que se consideraba que uno ya había crecido lo suficiente como para dejar de realizar esa actividad “propia de niños y que no sirve para nada”. El caso es que, por más que insistía el entorno, yo no parecía dispuesto a dejar de jugar; no encontraba razones de peso por las que tuviera que abandonar una actividad que, además de la diversión*, me resultaba tan enriquecedora y satisfactoria. Sin embargo, la cantinela “Deja de jugar, que la vida no es un juego…” persistía; cuando a mí, la vida, era eso lo que me parecía precisamente: un juego fabuloso. Tal fue la tensión en torno a este asunto que, hace ya más de un cuarto de siglo, decidí iniciar una investigación que, al menos, me sirviera a mí para entender el porqué de mi empecinamiento…
Bendita la hora en la que tomé aquella decisión, pues, a día de hoy, el estudio del Juego y el acto de Jugar –así, con merecidas mayúsculas– no ha hecho más que darme satisfacciones y ayudarme a entender, tanto a mí como a los demás y al mundo que nos rodea. No he averiguado qué es exactamente la vida, aparte de un misterioso fenómeno; puede que no sea un juego, pero mucho me temo que a los humanos no nos queda otro remedio que jugarla… (Continuará)
*La palabra “diversión” deriva de “diverso”, o sea, de distinto, diferente. Algo nos resulta divertido cuando nos ofrece, de un modo u otro, “diversidad”. Hago esta anotación porque hoy se aplica de forma equivocada a actividades que, por requerir de un método (lo que implica cierta repetición), son de todo menos divertidas. Como estudiar, por ejemplo, que puede ser muy gratificante, pero de divertido no tiene nada. Tal vez si se corrigiera esta confusión el “sistema educativo” daría, en ciertos aspectos, otros resultados…
No estoy de acuerdo en el hecho de que estudiar no sea “diverso”. Puede no ser diverso el metodo seguido para el estudio (aunque a partir de cierto nivel, requiere de la diversidad de metodos para cada problema que se estudia). Pero si son diversos los contenidos del estudio…
Al fin y al cabo, la diversion (entendida como los cambios que genera en los sentimientos de quien la experimenta), es totalmente subjetiva (en cuanto a cuales deben ser los componentes con diversidad que la generan).
De todas formas, estoy de acuerdo con la idea que subyace en tu comentario; en la absurdidad de “encabir” a cualquier precio la diversion en el estudio de segun que materias del sistema educativo (quien dijo que las tablas de multiplicar deben ser divertidas?!).
apa!
Comentario por Lluis — 22 julio 2009 @ 2:52 pm |
Comparto la sensacion, incluso a día de hoy algunos colegas han dejado entrever risitas de superioridad por decir que ellos ya no juegan a las maquinitas….que decir!
Me gustaría participar con una reflexión acerca de la vida animal no humana en la que parece que la tendencia es similar. En fases de edad temprana el juego está muy presente y en la edad adulta parece que los individuos son menos graciosos,se vuelven rancios,sin dejar de admitir la humanización de este entendimiento entreveo una pauta instintiva similar en los humanos y no sólo cultural (aunque los abueletes juegan bastante a la petanca y a las cartas), escapar del instinto y jugar a menudo hasta el fin de los dias creo que es una tarea racional. Como anecdota de comportamiento animal parece ser que los perros se mantienen “juguetones” porque sus amos siempre les dan la comida y no existe el momento en el que ellos mismos se la tienen que buscar que es lo que a nivel de comportamiento marca la edad adulta. Y aquí creo que damos con uno de los pilares de la cuestión, y es la relación fisiologica entre energía obtenida y energía utilizada, en las fases tempranas la despreocupación por la búsqueda de alimento es total los individuos están liberados, en cambio en la fase adulta la situación es más crispante, si no están cazando los adultos descansan y así no tienen que cazar más para obtener la energía que gastan jugando. Los perros siguen jugando porque están despreocupados de la búsqueda de comida!
Los adultos humanos ambiciosos no juegan porque no les reporta dinero, ni comida y su cerebro prioriza la búsqueda de grasa y comodidades. Sólo las mentes liberadas disfrutan de tareas que puedan ser esteriles en terminos economicos lo que seria nuestra nueva forma de entender el hambre.
Por otro lado creo que estamos ante una forma de conocimiento distinta gracias a los videojuegos, me parece alucinante que por ejemplo los pilotos de carreras (en la vida física) sepan los trazados de los circuitos a través de los videojuegos, me imagino a futbolistas jugando con sus espejos virtuales y descubriendo movimientos que después puedan aplicar a la vida física….
¿crees que hay una tendencia instintiva en el dejar de jugar o te parece totalmente cultural?
Comentario por prodo — 29 julio 2009 @ 9:50 pm |